La huella hídrica que produce la IA y los centros de datos es un tema que empieza a ganar protagonismo en el debate energético y ambiental. La inteligencia artificial, tan presente ya en nuestro día a día, también tiene un impacto invisible sobre recursos clave como el agua.
Cuando hablamos de sostenibilidad digital solemos pensar en electricidad y emisiones, pero el consumo de agua asociado a la tecnología sigue siendo un gran desconocido. Los centros de datos, pieza clave de la IA, necesitan agua para funcionar de forma segura y eficiente.
La huella hídrica es un indicador ambiental que mide el volumen total de agua dulce utilizada para producir bienes o servicios, considerando todo su ciclo de vida. No solo incluye el agua que se consume directamente, sino también la que se usa de forma indirecta.
Se divide normalmente en huella azul, verde y gris, según el origen del agua y su nivel de contaminación. Esta métrica permite entender mejor el impacto real de actividades industriales, agrícolas y, cada vez más, digitales.
Los centros de datos son instalaciones que alojan servidores, sistemas de almacenamiento y redes donde se procesan y almacenan grandes volúmenes de información.
El entrenamiento y uso de modelos de inteligencia artificial requiere una enorme capacidad de cálculo, lo que implica miles de servidores funcionando de forma ininterrumpida. Esto genera calor y una alta demanda energética.
Para evitar fallos y mantener el rendimiento, estos centros necesitan sistemas de refrigeración muy potentes, y ahí es donde el agua juega un papel clave, aunque no siempre visible para el usuario final.
Los centros de datos consumen grandes cantidades de recursos, y el agua es uno de los más críticos. Aunque no siempre se perciba, su uso es constante y estructural dentro de estas infraestructuras tecnológicas.
Este consumo se puede analizar desde dos perspectivas: el consumo directo de agua y el consumo indirecto. Entender ambas dimensiones es esencial para dimensionar correctamente el impacto hídrico de la IA y evitar análisis incompletos que solo tengan en cuenta la electricidad.
El consumo directo se produce principalmente en los sistemas de refrigeración, donde el agua se utiliza para disipar el calor generado por los servidores. En muchos casos, esta agua se evapora y no se recupera.
Dependiendo del diseño, un centro de datos puede consumir millones de litros de agua al año, especialmente en climas cálidos o en instalaciones que no cuentan con sistemas de recirculación eficientes.
El consumo indirecto está relacionado con la producción de la electricidad que alimenta los centros de datos. Muchas fuentes energéticas, como las térmicas o nucleares, también requieren grandes volúmenes de agua.
Así, incluso cuando un centro de datos no utiliza agua de forma directa, su huella hídrica sigue existiendo a través de la cadena energética que lo sostiene.
Uno de los grandes problemas actuales es que los datos sobre consumo de agua son escasos y poco transparentes. Muchas empresas no publican cifras detalladas sobre su huella hídrica digital.
Esto dificulta comparar instalaciones, evaluar riesgos o diseñar políticas públicas eficaces. La falta de estándares comunes también complica la medición homogénea del impacto real.
Diversos expertos coinciden en que el uso de agua en la IA debería estudiarse más a fondo, especialmente ante el crecimiento exponencial de esta tecnología en los próximos años.
Aunque los datos son limitados, algunas estimaciones permiten hacerse una idea del impacto. Por ejemplo, entrenar un modelo de lenguaje avanzado puede consumir cientos de miles de litros de agua.
Para ponerlo en contexto, esa cantidad equivale al consumo anual de agua de decenas de hogares o a miles de duchas de cinco minutos, dependiendo del caudal.
También se ha comparado el consumo de un gran centro de datos con el de una planta industrial mediana, lo que evidencia que la tecnología digital no es tan “inmaterial” como parece.
El problema se agrava cuando estos centros se ubican en zonas con estrés hídrico, donde el acceso al agua ya es limitado para la población y otros sectores productivos.
En estos casos, la competencia por el recurso puede generar conflictos sociales y ambientales, además de aumentar la vulnerabilidad frente al cambio climático.
Por eso, integrar la variable hídrica en la planificación tecnológica es clave para garantizar un desarrollo digital sostenible y equilibrado.
Desde el lado de las empresas, apostar por sistemas de refrigeración más eficientes, reutilización de aguas y tecnologías de enfriamiento alternativas puede reducir notablemente el impacto.
También es fundamental impulsar el uso de energías renovables, ya que muchas de ellas tienen una huella hídrica menor que las fuentes convencionales.
Como usuarios, apoyar servicios digitales comprometidos con la sostenibilidad y exigir mayor transparencia ayuda a acelerar el cambio hacia una IA más responsable con el agua.
La huella hídrica de la IA y los centros de datos es un reto emergente que no se puede ignorar. La transformación digital debe ir de la mano de la eficiencia ambiental, también en el uso del agua.
Medir mejor, comunicar con transparencia y avanzando hacia un modelo digital realmente alineado con el cuidado del planeta.
En Yoigo LUZ y GAS somos conscientes de la necesidad de reducir nuestro consumo innecesario de agua y luchar contra el cambio climático. Puedes consultar nuestras tarifas de energía verde llamando al 900 733 888 o entrando a nuestra web.