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Al igual que las viviendas, los edificios se están volviendo más inteligentes. La tecnología permite gestionar muchos de sus sistemas de forma más eficiente y adaptada a las necesidades de quienes los utilizan. Te contamos qué es un edificio inteligente, cómo funciona y qué ventajas puede aportar.
Ya existen oficinas, hoteles, centros comerciales o bloques de viviendas que incorporan tecnología para mejorar su funcionamiento y hacer un uso más eficiente de sus recursos. Y aunque pueda parecer algo propio del futuro, cada vez es más habitual encontrar este tipo de soluciones en nuestro día a día.
Un edificio inteligente es aquel que utiliza la tecnología para gestionar y optimizar diferentes aspectos de su funcionamiento, buscando que el espacio sea más eficiente, cómodo y seguro para las personas que lo utilizan.
La diferencia está en que sus distintos sistemas pueden adaptarse a las necesidades del edificio y de sus ocupantes, en lugar de funcionar siempre de la misma manera. Por ejemplo, el edificio puede ajustar determinados servicios según el momento del día o las condiciones meteorológicas.
Esto no significa simplemente tener muchos dispositivos conectados. La clave está en que los diferentes sistemas puedan recopilar información, comunicarse entre sí y utilizar esos datos para tomar decisiones o automatizar determinadas tareas. Así, un edificio puede funcionar de una manera más eficiente sin que sus usuarios tengan que estar pendientes constantemente.
El funcionamiento de un edificio inteligente se basa en recoger información, analizarla y utilizarla para ajustar automáticamente los sistemas que tiene. Para ello, intervienen sensores, dispositivos conectados y plataformas capaces de centralizar los datos y gestionar lo que ocurre en el edificio.
Por ejemplo, los sensores pueden detectar si hay personas en una determinada zona, la temperatura del espacio o las condiciones de iluminación. Esa información se envía al sistema de gestión del edificio, que puede utilizarla para adaptar determinados servicios, como la temperatura, dependiendo de lo que esté pasando.
De esta forma, la climatización, la iluminación, la seguridad o el consumo energético pueden coordinarse para evitar que estén activos cuando no son necesarios y aprovechar mejor los recursos disponibles.
Además, la información recopilada permite supervisar el funcionamiento del edificio y detectar posibles incidencias o consumos anómalos. Así, no se trata solo de automatizar tareas, sino también de obtener una visión más completa de cómo funciona el edificio y poder tomar mejores decisiones sobre su gestión.
Una vez entendido qué es y cómo funciona, podemos ver dónde se aplica realmente esta tecnología dentro de un edificio.
Los sistemas inteligentes pueden regular la calefacción, el aire acondicionado o la ventilación en función de factores como la temperatura exterior, la hora del día, si el sol está dando directamente al edificio o la presencia de personas. Así, evita climatizar espacios que están vacíos y mantiene una temperatura más adecuada cuando están ocupados.
La iluminación también puede automatizarse. Sensores de presencia y de luz natural permiten encender, apagar o regular las luces según las condiciones de cada espacio. Por ejemplo, las luces pueden reducir su intensidad cuando entra suficiente luz por las ventanas o apagarse automáticamente cuando una sala queda vacía.
Aquí es donde un edificio inteligente puede tener un impacto directo en la eficiencia energética. El sistema puede recopilar en tiempo real información sobre el consumo de electricidad de diferentes instalaciones y utilizarla para ajustar su funcionamiento.
Por ejemplo, en un edificio con agua caliente central, el sistema puede saber cuándo suele haber más o menos demanda y adaptar el funcionamiento de los equipos a esos horarios. Así, no es necesario mantenerlos trabajando al mismo nivel cuando apenas se está utilizando agua caliente.
Además, al registrar el consumo, el sistema puede detectar cuándo y dónde se está utilizando más energía de la necesaria. Si, por ejemplo, la climatización de una zona sigue consumiendo electricidad fuera del horario habitual, el gestor del edificio puede identificarlo y revisar qué está ocurriendo. Y, en el caso de que sea por un problema del sistema, se identificaría antes que en un edificio normal.
La tecnología también puede mejorar el control de la seguridad. Cámaras, sensores, sistemas de control de accesos o cerraduras electrónicas permiten supervisar quién entra y sale y detectar determinadas situaciones fuera de lo habitual.
Como hemos mencionado, los edificios inteligentes no solo incorporan más tecnología, sino que utilizan la información que generan sus propios sistemas para funcionar de una manera más ajustada a las necesidades reales. Esto puede tener efectos, normalmente positivos, en el consumo energético, el mantenimiento y en el día a día de las personas que utilizan el edificio.
Una de sus principales ventajas es que permite evitar consumos cuando no son necesarios. Por ejemplo, el sistema puede detectar cuándo hay más movimiento de personas en el edificio y adaptar el funcionamiento de los ascensores a esos momentos. Fuera de las horas de mayor actividad, puede reducir el número de ascensores en funcionamiento para evitar tener en funcionamiento equipos que no sean necesarios.
También puede analizar los patrones de consumo para detectar qué instalaciones están utilizando más energía y en qué momentos. Con esta información, es posible ajustar horarios, temperaturas o el funcionamiento de determinados equipos y evitar que trabajen más de lo necesario. De esta forma, se estaría reduciendo el gasto energético general del edificio.
La tecnología también permite que el edificio se adapte a las personas que están dentro, en lugar de que sean ellas quienes tengan que ajustar continuamente sus instalaciones.
Un ejemplo sencillo es la climatización: los sensores pueden conocer la temperatura de cada zona y si está ocupada para ajustar el funcionamiento del sistema. Una sala de reuniones que se está utilizando puede mantenerse a una temperatura adecuada, mientras que otra que lleva horas vacía no necesita recibir la misma climatización. Así evitamos la típica situación en la que hace mucho frío o mucho calor en la oficina.
Un edificio inteligente también puede detectar que algo no funciona como debería antes de que se produzca una avería importante. Para ello, los sistemas registran datos sobre el funcionamiento de determinados equipos e identifican cuando hay comportamientos inusuales. Esto permite que se detecten las señales de desgaste con antelación y se eviten averías más costosas.
En definitiva, un edificio inteligente no consiste solo en tener más tecnología, sino en utilizarla para conocer mejor cómo funciona el edificio y aprovechar sus recursos de forma más eficiente. La automatización, el control del consumo y la detección de posibles incidencias pueden facilitar tanto la gestión del edificio como el día a día de quienes lo utilizan.
Y aunque todavía queda mucho por avanzar, cada vez encontramos más soluciones que nos permiten hacer un uso más responsable de la energía y adaptar su consumo a nuestras necesidades reales.
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