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Los electrodomésticos de nuestras casas han cambiado mucho con el paso del tiempo. Los diseños, las funciones y también su consumo energético, no tienen nada que ver con los de hace unas décadas. Repasamos algunos de los aparatos que quedaron atrás, cuánto consumían y qué ha cambiado con los modelos actuales.
Si echamos la vista atrás, es fácil encontrar diferencias entre la cocina o el salón de hace 30 o 40 años y los de hoy. Aquellos electrodomésticos en apariencia eran más sencillos y ofrecían muchas menos funciones, mientras que ahora incorporan sensores, programas y tecnologías pensadas para aprovechar mejor la energía. Pero, ¿hasta qué punto ha cambiado su consumo? Vamos a verlo a través de algunos de los electrodomésticos más habituales de nuestros hogares.
La tecnología disponible era más limitada, por lo que la mayoría contaba con menos programas, y muchas menos posibilidades para ajustar su funcionamiento. En general, eran básicos en comparación a los que tenemos ahora.
Por ejemplo, en los frigoríficos antiguos, el aislamiento y el control de la temperatura eran menos avanzados, mientras que los modelos actuales incorporan tecnologías que permiten gestionar mejor estas variables.
Además, durante mucho tiempo el consumo energético no tenía el mismo peso a la hora de diseñar y elegir un electrodoméstico que en la actualidad. La eficiencia se ha convertido progresivamente en una prioridad, tanto por el gasto que puede suponer en la factura como por la necesidad de reducir el consumo de energía.
Eso no quiere decir que cualquier electrodoméstico antiguo consuma una barbaridad ni que uno moderno vaya a gastar siempre menos en todas las situaciones. El consumo depende también del uso que se haga del aparato, su antigüedad y su eficiencia.
Precisamente por eso, para entender cómo hemos llegado hasta los electrodomésticos actuales, merece la pena fijarnos en algunos de los aparatos que más han evolucionado.
La evolución de los electrodomésticos no solo se aprecia en su diseño o en las funciones que incorporan. También ha cambiado la forma en la que utilizan la energía.
Como ya hemos mencionado, los frigoríficos antiguos tenían sistemas de refrigeración y aislamiento más sencillos y, sobre todo, una gestión mucho menos precisa de la temperatura. Esto suponía que cada vez que se abría la puerta, era necesario gastar muchísima energía para volver a tener la temperatura óptima.
Sin embargo, hoy los compresores son más eficientes y el aislamiento permite mantener el frío con menos esfuerzo. El consumo puede variar bastante según el modelo, su tamaño y, sobre todo, su eficiencia energética.
Para hacerse una idea de cómo ha cambiado este consumo, basta con mirar los datos de la Comisión Europea. En 1990, un frigorífico-congelador nuevo consumía de media unos 477 kWh al año. En 2020, esa cifra había bajado hasta 181 kWh al año, es decir, un 56% menos. Y lo más llamativo es que, durante ese tiempo, el volumen medio de estos aparatos llegó a duplicarse.
En las lavadoras de hace unas décadas, el consumo energético era generalmente mayor porque tenían motores menos eficientes y sistemas de calentamiento del agua más básicos, además de ofrecer muchas menos opciones para adaptar el lavado a cada carga. Un ciclo podía utilizar más agua y mantener temperaturas altas durante más tiempo, lo que suponía un mayor gasto de electricidad.
Según la Comisión Europea, una lavadora nueva consumía de media 350 kWh al año en 1990, frente a los 96 kWh anuales de 2020, lo que supone una reducción del 40%. Además, durante este periodo también disminuyó el consumo de agua y la temperatura media de los lavados pasó de 56 ºC a 40 ºC.
En cuanto a los lavavajillas, en 1990, los modelos nuevos consumían de media 310 kWh al año, mientras que en 2020 la cifra se situaba en 174 kWh al año, un 34% menos. La reducción también se ha producido en el uso de agua: de unos 30 litros por ciclo a 10 litros.
Pocas cosas han cambiado tanto como la televisión. Los antiguos televisores de tubo de rayos catódicos eran voluminosos y utilizaban una tecnología de pantalla mucho menos eficiente que las actuales LCD y LED. Con el paso de los años, además, la tecnología ha permitido conseguir pantallas más grandes y con mucha más resolución sin que eso implique necesariamente un aumento proporcional del consumo.
Según OpenLearn, la plataforma educativa de The Open University, un televisor en color grande con tubo de rayos catódicos (CRT) de los años 80 podía consumir alrededor de 500 W. Mientras que, según la Comisión Europea, en 2020 la cifra había bajado hasta aproximadamente 1 W por dm².
La combinación de nuevos componentes, mejores materiales, sistemas de control más precisos y tecnologías como la bomba de calor han permitido reducir el consumo sin renunciar a las prestaciones.
Además, la normativa europea ha impulsado esta evolución con requisitos de eficiencia cada vez mayores y con una etiqueta energética que facilita comparar el consumo de cada modelo. Desde 2021, esta utiliza una escala de A a G para que sea más sencillo identificar los aparatos más eficientes.
La tecnología ha cambiado la forma en la que usamos nuestros electrodomésticos y también la cantidad de energía que necesitan para funcionar. Elegir modelos eficientes y utilizarlos correctamente puede ayudarte a reducir el consumo y cuidar de tu factura.
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