El de España es uno de los ecosistemas más ricos y diversos de toda Europa. Sin embargo, también es uno de los más frágiles, ya que más de 500 especies de animales y plantas podrían desaparecer. En este artículo te contamos cuáles son los animales en peligro de extinción en nuestro país y cómo protegerlos.
Si bien hay unas 80.000 especies diferentes registradas por el Ministerio para la Transición Ecológica, 208 se encuentran en peligro de extinción y 137 se consideran vulnerables. ¿Cuáles son las especies más amenazadas y los peligros de la pérdida de biodiversidad en la Península Ibérica?
España cuenta con una de las biodiversidades más ricas de Europa, pero muchas especies atraviesan una situación delicada. Para entender qué animales necesitan más protección, primero conviene conocer cómo se clasifican según su nivel de amenaza y riesgo de desaparición.
Para saber qué especies necesitan más protección no basta con decir que “están amenazadas”. Existen categorías oficiales que permiten medir el nivel de riesgo y priorizar actuaciones.
En España se utilizan referencias como la Lista Roja de la UICN y el Catálogo Español de Especies Amenazadas, que ordenan la fauna según la probabilidad de desaparecer en un futuro cercano.
Una especie vulnerable todavía mantiene poblaciones estables o relativamente amplias, pero muestra señales claras de retroceso. Si no se corrigen las amenazas actuales, podría pasar a categorías más graves en pocos años.
Las causas más habituales suelen ser la pérdida de hábitat, la contaminación, la escasez de alimento o la presión humana sobre su entorno. Entrar en esta categoría ya implica seguimiento y medidas preventivas.
Cuando una especie se considera en peligro significa que su riesgo de extinción es alto. El número de ejemplares suele haber caído con fuerza, sus poblaciones están fragmentadas o apenas quedan núcleos reproductores viables.
En estos casos ya no basta con vigilar: suelen hacer falta planes de recuperación, cría en cautividad, restauración del hábitat o limitaciones legales más estrictas para evitar su desaparición.
Es el nivel más grave antes de la extinción en estado silvestre. Se aplica a especies con poblaciones mínimas, descenso extremo o supervivencia muy comprometida a corto plazo.
Cuando un animal llega a esta situación, cada ejemplar cuenta. Cualquier incendio, enfermedad, sequía o accidente puede suponer un golpe irreversible. Por eso las actuaciones deben ser inmediatas y muy intensivas.
El lobo ibérico, el urogallo cantábrico o la ballena vasca son algunos de los animales de nuestro país que están en peligro de extinción en 2024:
Comenzamos con el águila imperial blanca, un ave rapaz que tiene su hábitat en las comunidades autónomas de Andalucía y Castilla-La Mancha. Aunque recientemente se han llevado a cabo tareas de reproducción que han permitido una tímida recuperación de la especie, sigue siendo nuestra rapaz más amenazada.
Sus tres amenazas son la electrocución en torretas de electricidad, la baja productividad por la escasez del conejo, una de sus principales presas, y el envenenamiento.
El oso pardo era uno de los animales más comunes de los bosques europeos, asiáticos y americanos, pero en los últimos años su presencia se ha reducido notablemente. La venta ilegal de pieles es el origen de su caza sistemática, hasta convertirse a día de hoy en una especie en peligro de extinción.
En nuestro país solo se conservan dos poblaciones de oso pardo en Cantabria y los Pirineos, sumando unos 375 ejemplares aproximadamente.
La degradación de los entornos naturales provocada por la acción del hombre es el principal problema para la cigüeña negra en nuestros días. Eso sin olvidarnos de la contaminación de muchos lagos y ríos españoles, que han reducido su número hasta los 350 ejemplares.
Esta especia inverna en Doñana y cuando llegan las buenas temperaturas viaja hasta Andalucía, Madrid y las dos Castillas. Pero sobre todo destaca Extremadura, comunidad donde se acumulan prácticamente la mitad de las cigüeñas negras españolas.
En 2015 se llevó a cabo el primer censo nacional de urogallos cantábricos, que arrojó un resultado de menos de 300 ejemplares y sacó a relucir su dramática situación. De hecho, ya se encuentra totalmente extinguido en las comunidades cántabras y gallegas.
Aunque son varios los factores que han podido provocar su extinción, la causa principal podría haber sido la caza de esta especie, que fue legal hasta 1979.
Esta especie endémica de la Península Ibérica es uno de los animales más amenazados, ya que se lleva cazando sin descanso desde hace más de dos siglosdebido asu carácter depredador.
De hecho, su caza estuvo permitida hasta 2018. Además, aunque en la actualidad las trampas son ilegales, siguen siendo bastante frecuentes en los entornos agrícolas.
Las ballenas francas glaciales, popularmente conocidas como ballenas vascas, están prácticamente extinguidas debido a la pesca furtiva. ¿El motivo? Poseen toneladas de grasa que se puede utilizar para muchos usos industriales distintos.
Además, se estima que en el año 2020 había menos de 500 ejemplares en nuestras costas y solo un centenar de ellos eran hembras en edad reproductiva.
Por último, vamos a hablar del lagarto del Hierro, uno de los animales en extinción de Canarias. En la antigüedad su presencia era muy habitual en todas partes de las islas, pero la llegada de especies invasoras provocó una drástica reducción de los ejemplares.
En la actualidad, pese a los intentos de criarlos en cautiverio, hay menos de 100 lagartos del Hierro. No obstante, los que están siendo criados en cautividad, dentro de lo establecido en el Plan de Recuperación de esta especie en riesgo de extinción.
El ser humano nunca se ha adaptado a los ecosistemas, sino que el proceso ha sido justamente a la inversa. Desde el inicio de la agricultura y los primeros asentamientosse han producido enormes daños a la naturaleza, que se acrecentaron con la llegada de la revolución industrial y los combustibles fósiles.
Especialmente graves son los casos de deforestación en España, la destrucción del medio ambiente por la contaminación y la progresiva pérdida de biodiversidad.
Por suerte, nuestra mentalidad ha cambiado y en la actualidad los principales países occidentales ya están haciendo todo lo posible por conservar el ecosistema y las especies que viven en él. Este cambio se plasmó en España en 2015, cuando la pérdida de recursos naturales se compensó después de décadas de déficit.
A día de hoy, somos el país de Europa más rico en biodiversidad con 85.000 especies vegetales y animales, lo que supone algo más de la mitad de todas las especies del continente.
La desaparición de especies no suele deberse a un único motivo, sino a la suma de varios problemas durante años. Uno de los más importantes es la destrucción del hábitat por urbanización, carreteras, agricultura intensiva o incendios forestales.
También influyen la contaminación de ríos, mares y suelos, que afecta a cadenas alimentarias enteras. A eso se suma el cambio climático, que altera lluvias, temperaturas y épocas de reproducción.
En algunos casos persisten amenazas directas como el furtivismo, los venenos ilegales, los atropellos en carreteras o la electrocución en tendidos eléctricos. Además, la llegada de especies invasoras ha puesto en jaque a fauna autóctona especialmente frágil.
Entre las especies más comprometidas destacan aquellas con poblaciones muy pequeñas o repartidas en zonas muy concretas. El urogallo cantábrico sigue siendo uno de los casos más delicados por la escasez de ejemplares y la pérdida de hábitat.
También preocupan el lagarto gigante de El Hierro, restringido a áreas muy limitadas, y la ballena vasca o franca glacial, prácticamente desaparecida de nuestras aguas. En aves rapaces, el águila imperial continúa necesitando protección constante pese a su recuperación parcial.
Otras especies emblemáticas como el oso pardo o el lobo ibérico presentan mejor situación que hace décadas en algunas zonas, pero siguen sometidas a conflictos con actividades humanas y requieren una gestión continua.
La conservación no depende solo de gobiernos y científicos. Las decisiones cotidianas también tienen impacto. Reducir residuos, reciclar, consumir de forma responsable y ahorrar energía ayuda a disminuir la presión sobre los ecosistemas.
También es importante respetar espacios naturales: no dejar basura, no salirse de senderos señalizados y no molestar a la fauna, especialmente en épocas de cría. Un gesto aparentemente pequeño puede afectar a especies muy sensibles.
Otra vía útil es apoyar proyectos de conservación, asociaciones ambientales y programas de recuperación. Además, informarse y difundir buenas prácticas contribuye a que la protección de la biodiversidad siga siendo una prioridad social.
En definitiva, todavía queda mucho trabajo pendiente para garantizar la biodiversidad en la Península Ibérica,pero ¿qué podemos hacer para echar una mano? Pues sustituir los combustibles fósiles por las energías renovables, reducir el consumo de plásticos o reciclar pueden marcar la diferencia.
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