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Hay gestos en casa que pasan desapercibidos pero que, a lo largo del mes, dejan una huella clara en la factura. Uno de los más sencillos es ajustar la temperatura a la que calienta el agua tu caldera, termo eléctrico o calentador de gas.
No hace falta una reforma ni cambiar ningún aparato. Solo entender qué temperatura necesitas realmente y poner el termostato donde corresponde.
En muchos hogares, la caldera está configurada para calentar el agua a más temperatura de la que realmente se necesita. Es algo que ocurre casi sin querer: el aparato viene de fábrica con una configuración determinada, nadie la toca y así pasan los años.
El problema es que calentar agua hasta temperaturas muy elevadas para después mezclarla con fría en el grifo o la ducha supone un desperdicio de energía considerable.
Si te duchas a unos 38 grados, que es lo habitual, te da igual que el calentador esté a 40-45 grados o a 60. En este último caso, estarías calentando agua en exceso para nada. La diferencia, sin embargo, sí se nota en el consumo.
La respuesta depende del tipo de aparato que tengas en casa. Una caldera mixta y un termo eléctrico con depósito acumulador tiene comportamientos muy distintos.
Son las más comunes en viviendas de nueva construcción o reformadas. Si es un sistema mixto instantáneo, lo aconsejable es que la temperatura del agua caliente sanitaria esté entre los 40 y 50 °C.
El IDAE (Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía) da unas referencias que sirven para casi cualquier hogar. Para este tipo de calderas, ese intervalo de 40 a 50 °C es el punto de partida más eficiente: agua suficientemente caliente para cualquier uso doméstico sin desperdiciar energía.
Aquí la situación cambia. Los sistemas que llevan incorporados un acumulador necesitan una temperatura más alta para poder calentar en poco tiempo suficiente agua almacenada para cuando sea demandada. Esa temperatura debería oscilar entre los 55 y 60 °C.
La razón es física: si el depósito almacena un volumen limitado de agua, necesita partir de una temperatura más alta para que al mezclarla con la fría en el grifo el resultado siga siendo cómodo. En cualquier caso, conviene no sobrepasar los 60 °C: calentar el agua a 60 °C gasta más que hacerlo a 50 °C.
Antes de bajar la temperatura, hay un dato de salud que importa conocer La bacteria Legionella se multiplica a temperaturas de entre 20 °C y 45 °C aproximadamente, y muere por encima de los 60 °C. Esto significa que, si tienes un sistema con acumulador y bajas demasiado la temperatura, podrías crear un entorno propicio para su proliferación.
La normativa establece una temperatura mínima de 60 °C en los acumuladores y de 50 °C en los puntos terminales y en el retorno. Estos valores aplican especialmente a instalaciones comunitarias y edificios con sistemas complejos, pero sirven de referencia para cualquier hogar.
En la práctica: si tienes un termo con depósito, no bajes de los 55-60 °C en el aparato, aunque luego la mezcles con agua fría en el grifo. Si tienes una caldera instantánea, el margen de ajuste es mayor y puedes moverte cómodamente en el rango de 40-50 °C.
El impacto de temperatura en el consumo es más directo de lo que parece. Cada grado por encima del rango recomendado se traduce en un consumo mayor, y la diferencia se acumula día a día. Dicho de otro modo: si tu caldera está configurada a 65 °C cuando podría funcionar bien a 50 °C, esa diferencia de 15 grados representa un sobreconsumo que se acumula día a día.
Al poner una temperatura demasiado alta y que no se ajusta a lo que realmente usamos, el termo eléctrico permanecerá más tiempo encendido para alcanzar esa temperatura, consumiendo más energía de la necesaria. En una caldera de gas, la lógica es la misma: más grados implican más ciclos de combustión y más gas consumido.
Vale la pena tener en cuenta también que el agua caliente sanitaria puede llegar a representar cerca del 40% del coste de la factura del gas en invierno. Cualquier ajuste que se haga en esa dirección tiene efecto directo en lo que pagas cada mes.
No es necesario llamar a un técnico para este cambio. La mayoría de las calderas y termos tienen un termostato accesible con un par de botones o una rueda.
En una caldera mural, el ajuste suele hacerse desde el panel frontal. Basta con acercarse a la caldera y manipularla mediante los botones táctiles o físicos que tenga junto a la pantalla. En un termo eléctrico, el termostato suele estar bajo una tapa en la parte inferior del aparato.
Si tienes un termo eléctrico, apágalo antes de tocar el termostato. En una caldera mural, los botones + y − del panel te permiten subir o bajar los grados directamente.
Otro cambio sencillo que multiplica el efecto es instalar grifería termostática. Con ella, puedes seleccionar la temperatura deseada con precisión en cada punto de uso. Con ella, la mezcla entre agua caliente y fría se regula de forma precisa en cada punto de uso, lo que evita abrir el grifo de agua caliente más de lo necesario.
Más allá del termostato, hay pequeños cambios de rutina que complementan bien el ajuste de temperatura. Instalar filtros aireadores en los grifos puede parecer un cambio menor, pero ayuda a reducir el consumo de agua caliente y energía.
Estos dispositivos mezclan aire con el agua, manteniendo la sensación de caudal pero usando menos litros. Si quieres mejorar la eficiencia de tu termo, instálalo en un área central respecto a los puntos de uso más frecuentes, como el baño o la cocina.
Cuanto más corta sea la distancia entre el aparato y el grifo, menos agua fría tendrás que dejar correr antes de que llegue caliente, y menos energía se perderá por el camino.
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