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La industria de la construcción se encuentra en una búsqueda constante de alternativas sostenibles para reducir su huella de carbono, y el aislamiento con micelio, hongos y fibras bio ha surgido como una de las propuestas más disruptivas. Veamos exactamente cómo están hechas este tipo de paredes.
Al combinar hongos y fibras bio, es posible fabricar paredes hechas de un material que no solo es biodegradable, sino que ofrece propiedades térmicas superiores.
Este avance representa una transición desde los materiales sintéticos tradicionales hacia sistemas biológicos que transforman los desechos agrícolas en infraestructura funcional y ecológica.
El micelio es la estructura radicular de los hongos, una red de filamentos microscópicos llamados hifas que actúan como un pegamento natural de gran resistencia.
En el ámbito de la bioconstrucción, este organismo se utiliza para consolidar sustratos orgánicos, creando bloques sólidos y ligeros.
A diferencia de los materiales que requieren procesos industriales de alta temperatura, el micelio crece de forma orgánica.
Se introduce el hongo en un molde junto con residuos como paja, cáñamo o serrín. Durante un periodo de unos pocos días, el micelio digiere parcialmente las fibras y las entrelaza, formando una estructura densa.
Una vez que el molde está lleno, se aplica calor para detener el crecimiento, resultando en un material inerte, seguro y extremadamente resistente al fuego.
La fuerza de este material reside en su capacidad para aprovechar lo que antes se consideraba desperdicio. Las fibras bio, procedentes de excedentes de la industria alimentaria o textil, aportan la integridad estructural necesaria.
Esta combinación crea un ciclo de economía circular donde la materia prima se cultiva en lugar de extraerse, minimizando el impacto ambiental desde el origen.
Adoptar soluciones basadas en la naturaleza no es solo una decisión ética, sino una estrategia técnica que ofrece beneficios tangibles sobre los materiales convencionales como el poliestireno o la lana de roca.
El micelio posee una estructura celular interna que atrapa el aire de manera muy eficiente, lo que le otorga una baja conductividad térmica. Además de mantener la temperatura interna de los edificios, su naturaleza orgánica le permite "respirar".
Esto significa que puede regular la humedad ambiental de forma natural, evitando la condensación y la proliferación de moho en el interior de las viviendas, mejorando así la calidad del aire.
La densidad y la porosidad de los paneles de micelio los convierten en excelentes absorbentes acústicos, ideales para el aislamiento de paredes en entornos urbanos ruidosos.
Por otro lado, un aspecto sorprendente es su comportamiento ante el fuego. A diferencia de los plásticos derivados del petróleo que liberan gases tóxicos al quemarse, el micelio tiende a carbonizarse lentamente sin propagar la llama, ofreciendo una barrera de seguridad superior.
La versatilidad de este biotextil permite que su uso no se limite únicamente a paneles ocultos tras el pladur, sino que se integre en el diseño mismo de los espacios habitables.
La aplicación más común es la fabricación de paneles rígidos que sustituyen a los aislantes sintéticos. Estos paneles pueden instalarse en el interior de cámaras de aire o como revestimiento directo.
Su ligereza facilita el transporte y la manipulación en obra, reduciendo los tiempos de ejecución y el esfuerzo físico de los operarios.
Más allá de la estructura, el micelio está colonizando el diseño de interiores. Desde lámparas hasta sillas y paneles decorativos con texturas únicas, este material demuestra que la estética no está reñida con la sostenibilidad.
Al final de su vida útil, estos objetos pueden triturarse y utilizarse como abono para el jardín, cerrando el ciclo biológico de manera perfecta.
El impacto ambiental de la construcción es uno de los mayores retos del siglo XXI, y la transición hacia materiales que secuestren carbono en lugar de emitirlo es fundamental para el futuro del planeta.
Mientras que la producción de cemento o acero es responsable de grandes emisiones de CO2, el crecimiento de micelio consume carbono. Los hongos actúan como almacenes de carbono durante toda la vida útil del edificio.
Se estima que la implementación masiva de estos materiales podría convertir a las ciudades en sumideros de carbono activos, ayudando a mitigar el cambio climático de manera directa.
Al demoler un edificio convencional, se generan toneladas de escombros difíciles de procesar. En cambio, las paredes hechas con micelio son totalmente compostables.
Al retirar el material, este se descompone de forma natural en la tierra en cuestión de semanas, sin dejar microplásticos ni residuos químicos tóxicos en el ecosistema.
A pesar de sus evidentes beneficios, la integración total del micelio en la industria requiere superar ciertas barreras técnicas y normativas que aún persisten en el mercado actual.
Para que el micelio sea el estándar en las viviendas del futuro, es necesario establecer marcos legales y certificaciones de resistencia estructural que garanticen su seguridad a largo plazo.
Actualmente, muchos proyectos se encuentran en fase de prototipo o se utilizan en pabellones temporales, pero la investigación está avanzando rápidamente para obtener las certificaciones necesarias para edificios residenciales de gran altura.
Pasar de la fabricación artesanal a la producción a escala industrial es el siguiente gran paso. Se requiere la creación de "biofábricas" capaces de producir miles de metros cuadrados de aislamiento de forma constante.
Con el aumento de la demanda de soluciones verdes, la inversión en estas tecnologías está creciendo, lo que augura una reducción de costes que hará que el micelio sea competitivo frente a los materiales derivados del petróleo.
El aislamiento con micelio no es solo una curiosidad científica, sino una respuesta lógica y necesaria a la crisis climática.
De esta forma, se abre la puerta a una nueva era de arquitectura orgánica, donde los edificios no solo nos protegen, sino que conviven en armonía con el ciclo vital de la Tierra.
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